jueves

tengo que seguir






Tengo que seguir
Te nublaste de golpe y yo me dije: el temporal viene por su camino viejo. La lluvia empezó dispuesta a mantenerse siempre igual sin ninguna de esas pequeñas alegrías que trae el agua cuando cae del cielo.
Papá también se ponía a llover. Mamá también. Todos los seres queridos se nublaban un buen día y se ponían a llover y yo veía el agua primero con angustia y luego con costumbre. 
Qué lluvia. Tan ella misma. Tan ninguna otra. No se podía salir al patio y levantar la cabeza y olerla y sacar la lengua y comulgarla. No se podía ver cómo hacía dibujos en los vidrios con sus chorritos. No podía chapotearla ni aplaudirla ni silbarla ni montarla como a un caballo. No podía hamacarme ni guardarla en una caja de fósforos. No se puede. No puedo ahora con tu lluvia hacer un ramo y ponerlo en la olla negra de la cocina. No puedo bailarla no puedo jugar al caleidoscopio con una gota en cada ojo. Estás nublado y te pusiste a llover. Vaya a saber hasta cuándo lloverás tan quietamente que parece mentira. Si yo contara que llevo encima esta lluvia dirían descocada muchacha cabeza llena de pájaros. 
En medio de la lluvia solía decirle a papá hoy vinieron mariposas con un ala azul y otra anaranjada. Pero él llovía y llovía. Ya no había un lugar en toda la casa en el que la lluvia no me alcanzara.
Hay campanillas violeta te dije esta mañana. Se abrieron hoy pero seguís lloviendo y yo qué puedo hacer salvo pensar pesada quietamente pensar te digo que hace ya siglos que cae el agua sobre mí. Me siento llovida junto a la ameba a las escamas de los dinosaurios al antepasado del ciervo y la gacela. El agua sutilmente untuosa casi no se mueve. Es triste y tristemente empezó a comerme.
Comió ya la piel y parte del cabello que te gusta tanto sobre todo en el nacimiento de la nuca. Me falta una mejilla. Y ahora que me queda sólo la otra no puedo ni pensar en darla como aprendí en el catecismo. Dar la otra mejilla. Qué risa. A la primera se la comió la lluvia sin que nadie se diera cuenta. Cuídate de la muerte por agua recitás a Eliot deslizándote dentro de mi oído cuando no llovés. Pero eso es anuncio de lluvia. Muchas punzantes delicadezas que yo provoco. Y apenas me rozan me desahogo me derrito nada más que para poder echar cuerpo otra vez y volver a deshacerme. El rito es natural y se va dando en un ciclo bien calibrado entre nosotros. Así nos sentimos seguros. Como si nada sucediera creamos otra vez el mundo. De nuestra exclusiva y solidaria propiedad.
Apenas estoy a punto provocante y redonda al alcance de tu mano. Apenas estoy tan plena pero tan frágil todo se congela por una mínima fracción. Entonces hay un imperceptible aleteo oscuro de caída. Entonces en ese momento vos llovés. Y yo me voy deshaciendo achicando hasta quedar en casi nada. Me desgrano y cuando cae exactamente la última partícula vos disminuís el ritmo y empiezo de nuevo a pelechar.
Esta vez ya queda poco de mí. Algo debe haberse alterado en el ritmo de nuestro universo. Y yo tengo que seguir. Tengo que seguir. Sólo espero que escampes una vez más mientras todo continúa para preguntarle al vuelo de los pájaros qué debería rezar o beber o matar o sembrar para no derretirme como la sal uno de estos días bajo la quieta quieta lluvia.

SE ME PIANTA UN LAGRIMÓN. Laura Devetach. Ediciones del Cronopio Azul

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